El viejo sueño de la inmortalidad que ha acompañado siempre al hombre tiene ya un nombre: la criogenización (crionización) o congelación del cuerpo en espera de ser reanimado dentro de muchos años, cuando se haya descubierto la solución a la enfermedad que le causó la muerte.
Existen en el mundo tres sociedades criónicas en las que, tras el pago por adelantado de una especie de seguro de vida que oscila entre tres y diez millones de pesetas, según la modalidad, garantiza la conservación y mantenimiento del cuerpo a 196 grados bajo cero, y “personal disponible para asistir día y noche durante cien años”.
Este sistema está aún en fase experimental. Todavía no se ha demostrado que los cuerpos congelados puedan ser reanimados y no todos los científicos lo consideran factible. Sin embargo ya son 25 las personas que se encuentran voluntariamente en suspensión criónica desde 1967.
Fue en esa década cuando nació la teoría de la criogenización, de la mano del doctor Ettinger, pero este tema ha vuelto a ser noticia hace unos días, cuando el matemático norteamericano Thomas Donaldson, enfermo de cáncer, solicitó permiso legal para congelar su cabeza antes de morir.
LAS SOCIEDADES CRIÓNICAS
La técnica de la crionización se basa en que el frío puede conservar en perfecto estado y por tiempo indefinido las células humanas. Siguiendo esta teoría, si se congela el cuerpo de un hombre nada más morir, todas sus funciones quedarán suspendidas mientras este permanezca hibernado, y podrá ser reanimado dentro de muchos años, cuando la ciencia haya descubierto la forma de curar la enfermedad que causó la muerte. Es un método que ya se está llevando a cabo y a la que pueden someterse todas las personas que no se resignen a la muerte y a las que no les importe esperar uno o dos siglos para ser curados.
Esta es la postura tomada por Thomas Donaldson, un matemático de California, casado y sin hijos, que descubrió que padecía un tumor cerebral maligno. El tumor está hoy estabilizado, pero es incurable. Por eso ha decidido congelar su cabeza antes de fallecer, pero ha de enfrentarse a un grave problema: la ley le consideraría un suicida, pues sólo admite la congelación de pacientes legalmente muertos. Por eso ha llevado el caso a los tribunales pidiendo permiso legal para que le practiquen la suspensión antes de morir, para que el forense no le practique la autopsia y para que quienes le asistan en la operación no sean acusados de homicidas o de ayudar a un suicida. Si gana el caso, será suspendido a 196 grados bajo cero por la Fundación Alcor para la Extensión de la Vida, situada en Riverside, a 80 kilómetros de Los Ángeles, California.
Actualmente existen tres de estas sociedades, dos en California y una en Michigan, que se definen como organizaciones sin ánimo de lucro y tienen un total de 25 pacientes congelados. Pero la más grande e importante de ellas es Alcor, que cuenta con más de 175 miembros esperando la muerte para ser hibernados.
Alcor practica dos modalidades de hibernación: la suspensión total, que conserva el cuerpo entero, y la neurosuspensión, la elegida por Donaldson, que consiste en guardar sólo la cabeza una vez separada quirúrgicamente del cuerpo. “Los pacientes que escogen esta modalidad” dice Carlos Mondragón, director del centro, “están convencidos de que su identidad, su memoria, lo que ellos son o representan, está en el cerebro”. “Además, en el futuro”, añade, “la medicina dominará esta técnica de tal forma que será más fácil proporcionar un cuerpo nuevo a un paciente que reparar los estragos de la edad”. Alcor mantiene en suspensión en este momento 10 cabezas y 4 cuerpos.
Naturalmente, el alojamiento en estos cementerios helados es caro, y hay que pagar por adelantado. El precio oscila entre los 35.000 dólares (unos tres millones y medio de pesetas) de la neurosuspensión y los 100.000 dólares (10 millones de pesetas) de la hibernación total. De esta cantidad, Alcor utiliza un 15 % para iniciar el proceso. Los intereses que produce esa suma bastan para mantener al paciente durante mucho tiempo. El resto se ingresa en una cuenta de ahorro especial y aparte de la organización, para que cuando el hibernado vuelva a la vida en el futuro tenga dinero para subsistir y no se encuentre sin nada.
CEMENTERIOS HELADOS
La criogenización se inicia cuando se produce la muerte clínica del paciente. Es fundamental que pase muy poco tiempo desde ésta al principio del tratamiento, para que aumenten las posibilidades de reanimación en el futuro. Por ello las sociedades facilitan a sus miembros un brazalete en el que se dan instrucciones para que los que constaten su muerte conserven su cuerpo en buenas condiciones y avisen al centro. Además les mantienen en una vigilancia exhaustiva cuando existe más riesgo de que mueran.
Cuando esto ocurre, el muerto es trasladado inmediatamente a la central en ambulancias especiales. El equipo médico de la asociación le somete a un masaje cardíaco y una inyección de oxígeno para recuperar artificialmente las funciones de circulación y respiración. Al mismo tiempo, se empieza a reducir la temperatura y se le inyecta heparina para evitar la coagulación de la sangre. Lo ideal es comenzar a enfriar el cuerpo nada más producirse la muerte clínica o parada cardiaca, y antes de la muerte biológica, en la que el trazado encefalográfico del cerebro es nulo. Así las células reducen su actividad y necesitan extraer menos oxígeno de la sangre, por lo que pueden sobrevivir más tiempo después de que el corazón deje de latir.
Una vez que el cuerpo está a dos o tres grados bajo cero se puede ya dejar al cerebro privado de oxígeno. Se elimina la circulación de la sangre y se sustituye la heparina por una solución de glicerol u otro tipo de protector del fío. Para ello hay que invertir el sentido del circuito de introducción de estos agentes, ya que si no las válvulas cardíacas impedirían la entrada de líquido a la cavidad pulmonar. Esta operación dura de 4 a 6 horas.
Después se sitúa al paciente en bolsas de plástico muy bien asislado y rodeado de hielo y silicona (un material no tóxico y que permanece líquido a muy bajas temperaturas), y se va aumentando el frío gradualmente durante una semana hasta llegar a los 79 grados bajo cero.
Se pasa entonces a la fase definitiva. El paciente es trasladado a la cápsula de nitrógeno líquido, donde permanecerá helado hasta su posterior descongelación. Estas cápsulas, con apariencia de misiles, tienen una altura poco mayor a la humana y un diámetro de unos dos metros, y está cubiertas con una doble capa de acero para proteger a los pacientes de los terremotos.
El nitrógeno se mantiene en ebullición, a 196 grados centígrados bajo cero, en un compartimento separado del cuerpo, y al evaporarse, produce un enfriamiento constante de la cápsula a esa temperatura. Hay que suministrar más líquido continuamente. Cada cápsula, en la que hay uno o dos pacientes, necesita alrededor de 20 litros de nitrógeno diariamente.
Estos habitáculos son vigilados por especialistas durante las 24 horas del día, y cuentan con un sofisticado sistema de alarma que permite controlar en todo momento la temperatura interior. Además, cada uno de ellos guarda el historial clínico completo del paciente, para que en el momento de ser descongelado los médicos del futuro sepan todo lo relativo a su persona.
LOS PRIMEROS CASOS
Este sistema no es nuevo, sino que se viene practicando desde la década de los sesenta, cuando se crearon las primeras sociedades de hibernación. Fueron accidentes fortuitos los que pusieron a la ciencia en el camino de la criogenización. La primera vez que se aplicó el frío a la técnica quirúrgica fue en París en 1951, cuando hasta Henry Laborit, un joven médico francés, llegó una muchacha de 20 años aquejada de peritonitis aguda y prácticamente cadáver. Debido a la grave infección que padecía, no podía ser operada. A Laborit se le ocurrió rodearla de hielo para disminuir el ritmo de sus funciones fisiológicas y entonces le suministró los antibióticos necesarios para la infección fuera descendido. Tres días después éstos habían hecho efecto y la muchacha pudo ser operada con éxito.
Los casos se sucedieron a lo largo de la década de los 60, los años de mayor avance en este campo: desde el joven noruego que quedó sumergido en un glaciar y cuyo cuerpo, fundido en el hielo, se logró volver a la vida, hasta el de una mujer de raza negra de Chicago que fue encontrada congelada en un parque público y que también fue devuelta al mundo. En 1964 la hibernación adquirió su propia filosofía con el doctor Ettinger, un profesor de Física en el Hagland Park College de Detroit, autor del libro “Perspectiva de la inmortalidad”, en que sostiene que “la muerte, de momento, debe considerarse una enfermedad incurable”. “Es la velocidad de las reacciones lo que nos hace envejecer. Si a la temperatura de nuestro cuerpo una reacción biológica se produce en dos diezmilésimas de segundo, a la temperatura de ebullición del nitrógeno líquido esa misma reacción tarda más de dos millones de años”. El cuerpo, pues, conservado a esa temperatura, podría esperar, según Ettinger, a que la ciencia tenga armas para curar aquella muerte que, de momento, es “una enfermedad sin tratamiento”.
Ettinger ideó el proceso de criogenización que hoy se aplica, y a raíz de la publicación de su libro nació la fiebre de hibernación humana como una forma de burlar la muerte. Sólo un año después se fundó en Nueva York la primera sociedad criónica del mundo, cuyo primer cliente fue James H. Bredford, un anciano profesor de Psicología que murió de leucemia el 12 de enero de 1967. La sociedad, a la que aparte de pagar los gastos de su congelación Bredford donó 200.000 dólares, tomó su nombre, pero más tarde se arruinó y Alcor se quedó con él “por motivos de caridad”.
En Europa, los dos pioneros fueron los italianos Salvatore di Paola y Guisepe Marino, que en 1968 firmaron el contrato de suspensión criónica y fueron trasladados al centro de California al morir. Las noticias son más o menos inciertas, pero se rumoreó que fueron sometidos al proceso de crionización los cadáveres de De Gaulle, Maurice Chevalier, Walt Disney... sin que nada seguro se hay podido saber al respecto.
Los que sí se conocen con certeza son el escritor y productor de televisión Dick Clair, ganador de tres premios Emmy por su participación en “El show de Carol Burnett”, que se congeló en diciembre de 1989, y el eminente psiquiatra Donovan, experto en neurología, que lo hizo en marzo de ese mismo año.
El caso más espectacular fue el de Dora Kent, una mujer de 83 años con una enfermedad cerebral que fue suspendida sin que se sepa si participó personalmente en la decisión, pues fue su hijo Saúl el que firmó los papeles necesarios. Las autoridades dudaron que Alcor hubiera esperado a la muerte de la anciana para practicarle la suspensión, lo que generó una gran polémica en 1987, pues podía haberse considerado un homicidio, pero nunca hubo acusaciones formales contra la organización. Entre los pacientes de Alcor también se encuentra una joven española que murió de un ataque cardíaco el año pasado, pero cuya familia prefiere mantener el anonimato.
Sin embargo, a pesar de que todas estas personas han elegido voluntariamente someterse al proceso de criogenización con la esperanza de superar la muerte, este método no está totalmente perfeccionado, y muchos científicos lo consideran un fraude.
AUN ES UN EXPERIMENTO
Uno de los inconvenientes que presenta la crionización es que cuando se congela el agua del cuerpo forma cristales que pueden producir daños en las células y desgarrar los tejidos. Para el director de Alcor, este no es un daño irreversible, pues “en el futuro se podrán construir máquinas del tamaño de un virus que esperamos que puedan reparar una por una las células humanas”. Pero además se está estudiando la llamada congelación por “shock”, no gradual sino muy rápida. El peligro se sitúa entre los cero grados y los 130 bajo cero, pero una vez superado este nivel el agua no se congela en forma de cristales, sino de masa homogénea, y basta someter bruscamente un tejido a esa temperatura para evitar el peligro.
El mayor problema es que todavía no existe un método de descongelación satisfactorio. Se han realizado experimentos con animales que han dados resultados muy favorables, como en la Universidad Japonesa de Kobe, donde el profesor Suda logró señales encefalográficas de un cerebro de gatos después de haberlo conservado durante 203 días a una temperatura de 20 grados bajo cero. Sin embargo, ninguno de los hombres hibernados ha vuelto todavía a la vida y es aún un experimento. “Sabemos que no hay garantías, que es mera especulación, pero no estamos locos: es una especulación razonable”, asegura Carlos Mondragón. “Yo le daría un 40 por ciento de posibilidades de éxito”.
También Gregory Fahy, criobiólogo de la Cruz Roja Americana, afirma que existe una gran posibilidad de que “la estructura cerebral e incluso las funciones del cerebro se mantengan intactas al congelar éste con la presencia de agentes de protección en grandes cantidades, como el glicerol”.
Otros científicos en cambio, se muestran mucho más escépticos, como por ejemplo David Pegg, de la Universidad inglesa de Cambridge, que asegura que la resurrección humana es imposible. Otros han acusado directamente a estas sociedades de fraude, e incluso se ha aludido al problema demográfico que sufrirá la humanidad en el próximo siglo. Avi Ben Agrahan, presidente de la Sociedad Americana de Criogenia, se defiende de estas objeciones diciendo que ellos luchan por la ampliación de la vida y que lo previsible es que en el futuro la humanidad tenga nuevas políticas de natalidad o haya conquistado ya el espacio.
Por su parte, algunos de los defensores de las sociedades criónicas han llegado a unos planteamientos radicales, acusando incluso a los médicos de negligencia en cualquier fallecimiento no causado por accidente.
Mientras esta polémica se produce, los adeptos a la criogenización siguen aumentando. El pasado enero quedó constituido en el Reino Unido una filial de Alcor con el nombre de “Alcor UK”, primer centro de atención y suspensión criónica para los europeos, y a estas organizaciones les quitan las acciones de la mano tan pronto como amplían su capital. “Cuando a uno lo entierran ya no quedan soluciones. Sin embargo, así siempre queda la posibilidad de que mi hijo vuelva a tener la vida que hoy ha perdido” dice la madre de un hibernado de Alcor. Esta misma postura sostiene Donaldson: “No quiero morir, y mientras todas las demás alternativas conducen a una muerte segura, ésta me llevaría a algún final desconocido. Me parece que esta solución es claramente ventajosa”.
Con la hibernación los límites de la vida quedarían enormemente engrandecidos. El hombre podría vivir diversas épocas históricas, dormirse durante 10, 20 ó 100 años y al despertar volver a reanudar su vida a la misma edad en la que les fue interrumpida la vida. Pero junto a la esperanza se halla un gran temor ante las ignoradas perspectivas que pueden adoptar, sobre todo cuando se empiece a practicar con pacientes que aún no hayan fallecido. La primera pregunta que surge entonces es: ¿qué siente el hombre mientras permanece suspendido? Según los expertos, las reacciones químicas del sueño y el pensamiento se darían también a una velocidad tan pequeña que no llegarían a constituir estos fenómenos en sí. También se cree que se conservarían gran parte de los recuerdos grabados en el cerebro, que seguiría trabajando a un ritmo aproximado de un dos por ciento. Pero nada de ello se sabrá a ciencia cierta hasta dentro de muchos años, pues los especialistas en Futurología y Prospectiva del mundo fijan la consecución plena de la hibernación en el hombre allá por el año 2100.
Fuente de información: Sociedad Española de Criogenización